Se atraviesa fugaz una imagen.
Dejó de ver, bajó los párpados.
No lo pudo evitar.
Allí estaban, los podía ver.
Los ojos, la manera de mirar.
Esa seriedad ocultando
un alma de niño,
sediento de reír y volar.
Se atraviesa fugaz una vez,
le llama la atención,
dos, tres, cuatro,
se empieza a preocupar,
cinco, seis, siete,
pierde la cuenta.
Está ahí, todo el tiempo.
En los ojos.
En la mente.
En las manos.
Manitos pequeñas.
En el calor de esas dos pelotitas
que en su cara, coloradas,
encabezan la sonrisa
todo el tiempo, plenamente.
Todo camina más despacio
y la textura del aire es
suave,
especial,
magnífica,
y por sobre todas las cosas,
confortable.