Resistir, aguantar...
y de repente flaquear.
Caer en la tentación
-que por parte es necesidad-
de decir una palabra.
Simplemente una,
la que sea,
pero una de las tantas
que se viene guardando
desde hace días.
Y lo hace, y pide perdón.
Y lo hace, y se retira,
en silencio.
Lo hace para mimar
al menos, un poco,
a su alma dejada,
que se echó en el piso,
y jadea sin aire,
sin fuerzas,
sin batería,
sin forma de arrancar,
esperando el paso
de los minutos, del tiempo,
para poder levantarse
y salir a caminar
así sin más.