en el pasto

En la remera se extienden manchas,
algo rojizas, oscuras,
que alguna vez quisieron quitar.
Es sangre seca
derramada desde el pecho
fruto de los golpes
que vos, en amor, le diste
directo en el corazón.

Vomitaste sobre el pasto
una seguidilla de palabras
que estaban contenidas
jamás antes dichas.
Pero salieron todas juntas,
tarde y en vano;
en el pasto sólo estabas vos.
Su presencia era imaginaria,
ya no mirabas unos ojos reales,
sino un recuerdo de una mirada percibida.
"¿Por qué, aunque sea recuerdo no puede ser real?"
Y ante el silencio como respuesta
la realidad golpeó duro:
No estaba presente.

Simplemente sola
hablabas hacia el aire.
Y nadie te dio la mano.
Al bajar esas escaleras
nadie te abrazó.
Cuando bajo la lluvia dabas pena
nadie te dio la mano.
En ese colectivo,
lleno de almas vacías,
vacías para tí,
putrefactas, sin sentido,
y allí parada en el medio de la noche,
nadie rió contigo.

Cuando tropezaste con un cordón,
era la ciudad inmensa,
más inmensa aún
con ese vacío infinito
del alma ausente
que huyó de ti con razón,
pero que tú no querías que huyera:
No deseabas herir,
menos aún perder.
Pero en ciertas jugadas
las sorpresas aparecen.
Vienen armadas.
Y te derriban
-en cuestión de dos o tres latidos-,
arrojándote nuevamente hacia el pasto
para que te descubras sola otra vez,
sola y ausente sin él.