nunca te maltraté.
Sólo te jugué a pelear
cuando pediste que así sea,
o cuando un almohadón
-en función de alarma-
era arrojado con fuerza
sobre tu cara pasiva
con los ojos cerrados,
tu mente soñando,
tu cuerpo que dormía.
Nunca me maltrataste,Nunca me maltrataste,
nunca te maltraté.
Hasta incluso en momentos
de supuesta seriedad,
supiste aplicar
el comentario perfecto,
para simplificarme la cuestión,
y salir de la discusión,
para volver a lo normal,
nuestra normalidad común:
la que tan bien hacía.
nunca te maltraté.
No pudimos,
el maltrato no era opción.
Capaz se convertiría
en lo más viable
para que la situación
de alguna forma cambie,
y en vez de escribir
palabras de resignación,
escupiríamos fuego.
Nunca me maltrataste,Y nunca me maltrataste,
nunca te maltraté.
El trato siguió su curso,
de manera gentil y amable.
Pero no es el trato que acepto;
bah, es el trato que acepto,
mejor dicho,
es el trato que no quiero,
pero debo aceptar.
Debo cerrar la boca,
dejarme ser vencida.
y nunca te maltraté,
pero ante esta formalidad,
tan monótona y detestable,
quizás preferiría
tener razones para gritarle
a alguna persona escuchando
tus defectos y cada cosa
que como casi siempre
en este tipo de ocasiones
alguien buscaría odiar.
Pero nunca me maltratarías
y nunca te maltrataría,
porque no son sólo tus virtudes
sino cada defecto:
cada uno de los defectos
los que me gustan y fascinan.
Y será una idealización,
llevarte en un pedestal,
tener una especie de obsesión,
pero la verdad es que...
jamás podría maltratarte.