¿Por qué lloramos cuando estamos tristes? ¿Por qué es tan intensa la pena? El dolor nos provoca un sentimiento de agujero en el pecho, de un corazón latiendo más despacio, pero con más fuerza. Cada latido pesa más, y es tal la intensidad, que sentimos como un dolor. De aquí viene el dolor del corazón. Cuando nos inunda ese malestar, ese grito ahogado de tristeza, lloramos indefinidamente tratando de extirpar ese sentir. Pero las lágrimas no hacen más que enjugar la cara y nublar la visión. Nos dejan sin palabras. Nos atemorizan y nos vuelven vulnerables, frágiles, rompibles. El alma estremecida sólo desea esconderse, y en un ademán inútil comienza a surgir por esos ojos, que, hundidos entre mares, despiden, odian, aman, extrañan; sienten.
Y lloramos, indefinidamente, tratando de extirpar ese sentir.
Lloramos hasta dormirnos, quizás hasta recibir un llamado, hasta volver a la rutina, hasta encontrar una alegría.
Pero mientras tanto, lloraremos la partida, el recuerdo, el sentimiento, y el percibir a nuestro corazón partido.