Me diste de beber jugos de notas musicales, y sacaste del medio el miedo con soplidos de acordes encendidos.
En tantos agudos y graves transformaste mi cabeza, y el rasguido de una guitarra sonó, maravillosamente, alguna noche, vía digital... Hubiese querido escucharlos ahí, estando presente, sentada en la silla contigua.
Al lado, como alguna vez había estado sentada, en ese colectivo, despreocupada yo, despreocupado vos.
Mirando las manos. Dos, que parecían una.
Diez dedos. Entrelazados.
Y unas miradas extrañas, temblorosas, asustadas, de ver con tanta claridad, transparencia y exactitud, cada aspecto, color, y pedacito, del alma ajena. A través de esos brillos, se encandilaron las sonrisas...
Y las luces de la ciudad se opacaron ante la maravilla de su felicidad. Esos edificios y postes de luz quedaron apagándose, casi sin ser visibles, mientras otra vela se encendía entre esos dos cuerpos.
Vela que quizás se apagara, pero...
El fuego había existido.
Había sido real.
El aroma. La luz. El calor.
Eran. Existían. Existen.
Son.