Divagabas entre frases voladas
pero igualmente te escuchaba atenta;
vos respirabas, y ella te miraba,
y era tu aire el que la alimentaba.
Se colocaban bajo ese cielo azul,
y si llovía no les importaba,
sólo se miraban, del ojo más allá,
la ventanita bien abierta del alma.
Nunca encontraban la calma,
en sueños desenfrenaban.
Y de la mano salían a planear,
y recorrían costas y montañas,
ella aferraba con fuerza sin soltar,
sus manos suaves te daban tanta calma.
Todo el tiempo se podían conectar,
por los satélites, la Luna o sus mentes,
cada suceso lo hallaban peculiar,
y a carcajadas las distancias peleaban.
Pero un trueno nunca tarda,
cayendo y quemando almas.
Y el incendio pronto proliferó,
y se expandió matando todo lo vivo.
Su mano frágil no lo soportó,
y en un desliz se encontró cayendo.
Quisiste ir a rescatarla,
pero ya estaba extraviada.
Y siguieron, cayendo desde el aire,
pero vos ya no la podías encontrar.
Fue como un espasmo cerebral,
su cara blanca ya no reaccionaba.
Algún día vas a hallarla,
y el color le devolverás.
Su color le darás.
El color que le faltaba.
Color de la vida que huyó de la nada...