Viví toda mi vida imaginando el estereotipo perfecto.
El hombre de mi vida.
Soñaba con cruzármelo, y en un flechazo, caer enamorados.
Pelo negro como el ébano, ojos celestes y profundos como el cielo.
Que me abrace y me haga sentir pequeña y protegida.
En mi cabeza se dibujaba una cara hermosa.
Yo la miraba y me enamoraba cada vez más.
Y estaba segura que me amaba, y yo lo amaba.
Profundamente.
Hoy ya no recuerdo cómo era esa cara.
Ni siquiera recuerdo si el pelo era muy negro.
Quizás era castaño. O quizás rubio.
No puedo recordar la profundidad de sus ojos.
Hasta dudo si eran celestes. Si eran claros.
Incluso, creo firmemente que eran marrones.
Marrones, únicamente marrones.
Hermosamente marrones.
Maravilloso y brillante marrón bajo esos párpados.
El abrazo es cálido. Realmente cálido.
Y lo viví y reconocí hace poco tiempo.
En el abrazo me sentí pequeña y protegida.
Y en mi cabeza nada se dibuja imaginado.
Lo que se dibuja es real.
Es mi mirada, mi visión.
Lo que veo luego de ese abrazo.
Una cara hermosa.
La cual miro y me enamoro cada vez más.
Y estoy segura que me ama, y yo lo amo.
Profundamente.