Luces, humo, de colores,
saltan, vuelan, y se giran.
Sobre mí, el brillo late,
y contrasta con la oscuridad
de la noche sin estrellas,
que se extiende en el cielo.
En la cabeza algo
que se extiende también,
y es la duda de saber
si el piso en el que me paro
es cemento o es madera,
es concreto o está hueco,
es fijo o está temblando.
Vibra todo ante mí y
en el sonido de un pájaro
-que escucho sobrevolar-
me pierdo, me cuelgo.
Y vuelo con él
incesantemente
sin destino,
sin motivos.
Sólo ahí voy,
sujetando las alas.
Imagino ser yo
quien vuela en ese momento,
y un sueño que alguna vez,
en un mambo olvidado,
logré soñar,
se hace realidad.
Aterrizo en la tierra
y el pasto en mis pies
hace una caricia delicada.
El rocío está frío,
y la arena tan lejana,
me da sensación de estar sola;
la oscuridad,
el calor ausente,
y yo en medio de la nada,
debajo de la eternidad.
Pero recuerdo un abrazo,
y una hoguera se enciende;
millones de maderas arrojadas
extendidas,
cercanas a la orilla,
algo humedecidas.
Se huele la salitre
en el aire especial.
Y chisporrotean las leñas
haciendo crujidos;
el viento sopla
y aunque el fuego parezca
hacer arder mis ojos,
miro detenidamente la fogata,
y sonrío,
abrazando un momento,
que como una estrella fugaz,
atravesó mi cielo cerebral,
me dejó pedir un deseo,
y se materializó, en mi mente.