¿Quién me fabrica un cielo así? ¿Un viento de esta intensidad? ¿Un aire que venga con el aroma maravilloso de las flores primaverales que crecen y florecen nuevamente en esta estación?
Símbolo de vida y renovación, vuelve la paz del calor. El sonido de las ráfagas atravesando la inmesidad, hamacando brotes que recién comienzan a surgir, mimando las hojas que verdes se empiezan a teñir, acariciando las ramas que, secas, vuelven a revivir.
¿Quién me fabrica este ensueño? ¿Quién se atreve a privarme de disfrutar una y otra vez noches y noches tan increíbles?
Aunque parezca irreal, es el sueño más realizable. El sueño de sentir la vida de la Tierra. El paso del tiempo. El crecimiento. La luz y la oscuridad del día y de la noche.
El cielo se extiende sobre nuestras cabezas para donde quiera que mire. Como un domo gigantesco. Allí, ese techo turquesa, fascinante. Allí ese viento en espiral, yendo, volviendo, subiendo, bajando, creciendo.
No dejo de escuchar las copas de los árboles. Lejanas o cercanas, bailan con el aire. Se menean; las hojas se frotan. El calor les dio color. El Sol es energía. Y allí se encuentra, traducido en ese paisaje frondoso. Ese mar verde de clorofila abrillantada. Respiran, crecen, viven. Allí, dando el aire que respiramos. Allí, tan fabulosas. Espectaculares en todo sentido. Para el ojo desnudo, el microscopio, el lente. Lo que sea... Allí. Maravillosas. Rozagantes.
Verdes para mí.
Quizás azules para aquel.
Quizás rosas para ella.
Pero nunca pierden su belleza.
Rodeadas de vida, son vitalidad.
Y allí las veo.
Me dan alma y la vida me brota.
Y soy feliz entre mi brillo natural.