Es un sentimiento extraño. Tan extraño que ni siquiera sabe si lo reconoce. O si es consciente de que lo siente. Es extraño y algo siniestro. Porque le recorre desde el pelo hasta los dedos de los pies. Porque está presente todo el tiempo, todo el día. Porque se siente las 24 horas, y no sólo se siente, sino que se piensa en el sentir. Porque sentimos vivir las 24 horas, pero no pensamos en que estamos viviendo, sólo vivimos. Pero cuando se ama, se ama con tanta intensidad y fuerza, que se siente ese amor, y se piensa constantemente en la existencia de ese amor. Y todas las sensaciones se vuelven tan diferentes, tan vívidas las imágenes, tan fuertes los olores, los sabores, armónicos los sonidos, escalofriantes los roces... Y uno ama sin darse cuenta de la magnitud de ese amor. Y más que multiplicarse día a día, pareciera estar elevado a potencias cada vez más grandes, alcanzando valores cercanos al infinito, o más amplio aún: a la eternidad del tiempo. Y ahí, volviendo a pensar en el sentir, el alma desea la eternidad, y no hace más que soñar con un futuro interminable, de la mano con esa persona, anhelando felices el compartir cada segundo, respirándose, latiendo acompasados, amando sin límite, sin frontera, sin fin.