Se arroja en su cama.
Un techo le hace de cielo.
Piensa despacio.
Un frío le recorre la nuca.
La madera frente suyo,
ya no distingue las formas.
La vista está nublada.
El alma, aplacada.
En el pecho una piedra,
un nudo en la garganta.
En la mejilla va cayendo
una lágrima lastimada.
Siente impotencia.
En silencio, grita.
En el frío, llora.
En un sueño, ríe.
Pero hoy ya no ríen.
Sólo queda la esperanza.
Será cuestión de tiempo.
Se inunda de ese sentir,
y una fuerza lo invade.
Se levanta y se para:
Allí firme en la ventanas,
abre el cristal
y recibe al Sol.
Respira hondo.
Allí va su calor.
Se inunda de ese sentir.
Pareciera calidez de un abrazo,
que ya llegará,
sólo queda esperar.
Salir caminando,
recorrer ese lugar,
y con los pies rozar el pasto aquel.
Arrojarse bajo las nubes
-hoy solo, pero no por mucho tiempo-,
cerrar los ojos, vivir la magia.
Volverán ya a distinguir
las nubes con formas redondas,
alargadas o deformadas.
Pero debe ser paciente.
Quizás cuando menos lo espere,
juntos otra vez,
como amigo,
como hermano,
como sangre de su sangre.
Entonces abre sus brazos.
Abre sus puños. Los libera.
Carga la energía.
Y la reserva para volver a verlos
y allí darles la mano.
El calor y la fuerza,
recorriendo una parte,
y en la cabeza sus caras:
Reirán otra vez,
sólo debe darles una mano.
del corazón
fue un
viernes, septiembre 06, 2013