Algunas son el cielo. Otras el Sol. Otras la Luna, las estrellas.
Otras personas son estados del clima. Desde las lluvias más torrenciales hasta los días más soleados.
Otras, simples factores. Vientos huracanados. Ráfagas. Tifones, humedad...
Será que simplemente fue así.
Un factor.
Una tormenta duradera, persistente.
Duró lo que tenía que durar.
Desapareció por completo...
Al punto de parecer que se desconocen.
Habiendo tanto en común,
habiendo pasado tantas palabras, tanto afecto, cariño desmesurado...
El pulmón sanó después de la pérdida.
Así de simple.
Sólo un poco de aceptación, levantar la frente y sonreír con la mueca más sincera.
Sonreír desde los ojos también, dejándolos secar,
borrando la desdicha y el dolor del desprendimiento.
Porque cuando se siente en silencio
sólo hay que dejar cerrada la boca.
Omitir la verdad pretendiendo estar bien.
Pero resignar la felicidad propia no es una solución duradera.
Sólo aguanta un poco.
Depende de la fuerza y la resistencia del amor que se siente.
Depende de los golpes y porrazos en el trayecto.
Si el miedo a la muerte se vuelve frecuente, entonces es en vano.
El amor no es suficiente.
Y ahí uno simplemente se rinde y suelta, aún sabiendo que soltar dolerá,
dolerá la caída y la pérdida, el desconsuelo.
Pero siempre puede que debajo... hayan unas dulces manos
esperando sujetar, y amortiguar la caída.
Puede que, detrás de esa tormenta duradera, persistente,
aparezca el cielo celeste, el Sol tan luminoso.
Ambos fusionados en sus brazos.
sentimiento viejo,
que aún chillaba un poco desde las enrtañas
porque no había podido liberarlo.