blancos girones

Me equilibrás.
Al segundo, me desordenás.
Me ponés de pie,
y en instantes, cuelgo de cabeza.
Me arrodillo y me acuesto,
y te sentás sobre mi espalda.
Hago fuerza y te levanto
y caemos, en blancos girones.
Una mueca de sonrisa
se convierte en carcajada,
con los dedos jugando
a hacer cosquillas de la nada.
Y me esquivás y te persigo,
y me provoca y me dan ganas
de abrazarte hasta la muerte.
Mirarte a los ojos sin importar
quedarme ahí, viendo.
Y dejar que mi mente proyecte
fusionando alma y corazón,
reluciendo en mi cabeza
segundos increíbles,
escenas de ensueño
pero tan reales, tan felices
tan tuyas, mías, nuestras.
Imposible de cambiarlo,
aún duela, aún sangre.
Porque es más fuerte
que todo y que todos.
Y como la tormenta más furiosa
se desata y causa estragos.
No me importa controlarlo.
Me condeno a atarme,
me sujeto de tus brazos.
Es una condena que disfruto.