temer

No quisiera temer*. Pero no puedo evitarlo.
Temo.
¿Qué me da tanto miedo? No lo sé. Pero temo desde que te amo.
Yo no pensé que iba a ser así. Yo pensé que el amor venía puro. Amor así, a secas, sin nada agregado. Pensé que llegaba, lo sentía, y me inundaba. Y así fue: llegó y lo sentí, pero no me inundó de amor pleno. dejó un espacio, un pedacito, allí, vacío. Y lo rellenó de fantasmas, oscuridad y rarezas; lo llenó de cosas negras y arrugadas, de escalofríos, de pesadillas y mal dormir. Insomnios, lágrimas, la cara mojada y los ojos llorosos. Yo no quería eso. Yo no sabía que eso se incluía. Pero lo acepté, porque el amor me condicionó. Y ya no podía independizarme de ese amor. Porque lo sentí y se pegó directo en mi esencia. En lo más profundo. En el centro, justo allí donde late el motor que me mantiene viva. Y cuando comencé a vivirlo, real, junto a él, se insertó en mi cerebro. Formó recuerdos, imaginó futuros, impregnó en el pasado, colonizando. Y tanto en mi mente como en mi corazón, también transformó una pequeña parte. La quemó, la prendió fuego hasta chamuscarla y ennegrecerla. para que al transitar el día a día, no sólo ame, sino también, tema.
Temores extraños que radican en cosas algo tontas quizás; tontos temores de niña soñando con el cuco y pidiendo que le lean un cuento para volver a dormir. Temores que provocan llantos, temblores, y tormentas. Temores que se exacerban por estímulos, por pequeñas instancias, emociones, sucesos; que se relajan cuando algo demuestra fehacientemente que no hay nada que temer. Pero el temor es recurrente y no se puede evitar. Tampoco se puede tapar. No va a dejar de amanecer por más que tape el Sol con un dedo. El amanecer será real, no se podrá negar la existencia del Sol aunque esté nublado. No se podrá decir que el Sol no existe porque no se puede ver. Porque haga frío. O porque no amanezca. No es que se hable de que pueda llegar a estar "latente", no; ni siquiera latente, es REAL, existe, es, y está todo el tiempo.
Por esto y por más, temo todo el tiempo. temo no ser suficiente. Ser poco, dar poco, no llenarlo por completo, no alegrarlo, no sacarle sonrisas. Temo no ser interesante, no divertirlo, simplemente generar que se aburra, que se deprima en mi presencia. que un día deje de amarme. O que ese amor sea un enceguecimiento, simplemente una vil, vana e inútil ilusión. Que no sea para toda la vida. Que sea una obsesión momentánea. Que las palabras se las lleve el viento. Que las promesas no sean más que baratijas. Nada real. Original. Sincero. Certero.
¿Y qué sería de mí si esos temores se volvieran ciertos? Si el amor y el temor conviviendo se tornaran inestables, dolorosos, punzantes; si el temor creciera, ejerciendo poder sobre toda la zona, conquistando y proclamándose vencedor. Entonces, ¿qué queda para el amor? ¿qué sucede con la repartición de espacio que se había generado en un primer momento? Cuando deja que el temor prolifere, qué esa negrura tome el control, deshaciéndose por completo de la integridad espiritual, emocional, física, psicológica; deshaciéndose de la dignidad, del orgullo, de la fuerza, deshaciéndose de la vida misma, oscureciéndola por completo, indefinidamente; cuando todo esto se da, ¿qué sucede entonces con el alma?





*Temer:
(Del lat. timēre).

1. tr. Tener a alguien o algo por objeto de temor**.

**Temor:
(Del lat. timor, -ōris).

1. m. Pasión del ánimo, que hace huir o rehusar aquello que se considera dañoso, arriesgado o peligroso.