22 de Noviembre de 2013 - 11:02 pm

Es viernes a la noche. Casi sábado. Es la tercera vez que Nicolás se queda a dormir en casa. Claramente está acostado al lado mío, jugando un juego en el celular. No sé por qué quise ponerme a escibir, supongo que tenía necesidad de expresar en palabras cómo me siento (feliz, por cierto). Cada vez que lo miro a los ojos siento que lo voy a amar para toda la vida. No sé si es real o no esto de pensar en el futuro, pero lo que sí sé que es real, fehacientemente, es este amor que siento. No sé cómo explicarlo, qué decir, cómo actuar. A veces se me escapa de las manos y no puedo explicarlo, y empiezo a tratarlo tan jesuitamente que pienso que me pongo re densa y que se va a aburrir de mí. Pero es tan grande el amor que no me entra en el cuerpo, no me queda otra que gritarlo "a los cuatro vientos". Estoy completamente enamorada de Nicolás. Lo amo tan profundamente que no encuentro límite alguno; siento que con él cualquier cosa es posible, cualquier meta es alcanzable. Sólo sueño con amarlo todos los días de mi vida, así sea haciéndole el amor, comiéndolo a besos, acompañándolo día a día, en sus malos momentos, en sus mejores momentos, en cada caída sostenerlo, en cada llanto, secarle las lágrimas. Lo amo tanto que no me razona la piel, que se me explota de amor el corazón. Y momentos como ahora, que lo tengo al lado, siento su olor, su aroma, su piel... No puedo contenerlo. Necesito besarlo. ¿Y cómo no hacerlo? Si está acá. Conmigo. Amándome. Acompañándome. Sintiéndome en cada gesto, cada palabra, cada beso y abrazo, cada susurro, cada respiración. Su risa me ilumina y al escucharlo sonrío inevitablemente. Sus ojos me marcan un camino, y yo, entregada, lo transito. Porque es mi sueño hecho realidad: mi amor más profundo, tan eterno como la misma eternidad, mágico, quizás hasta levemente siniestro, violento y enfermizo... sí, es un poco traumático, porque me está dejando marcas, huellas, improntas: allí impregnado cada charla y momento compartido, los besos que nos dimos, las tardes y noches, incluso mañanas, haciéndome tuya, haciéndote mío, haciéndonos nuestros. Vos en mí, yo en vos, compartiendo hasta el más mínimo detalle, hasta el más hondo suspiro; siendo uno, sólo uno, salidos de esta unión tan hermosa que tuvo un principio, y jamás tendrá final.
Esta vez sí creo en "para siempre". Creo en mí si estoy con vos. Y no necesito nada más.