Y no había sentido jamás tal sentimiento de pertenencia.
Así más fuerte que pertenecer a su propia familia, llevando el apellido, pertenecer a sus padres por ser quienes le dieron la vida, pertenecer a su provincia, a su país, al mundo. Más fuerte que pertenecer a una institución, donde había recibido su educación; que pertenecer al club de sus amores; que pertenecer a una red social, a un grupo de amigos, a un equipo de trabajo...

Le pertenecía por completo, sin margen de error. Completamente. Nadie más tenía más derecho sobre ella, sobre su cuerpo, su alma, sus pensamientos. Nada era más fuerte que ese vínculo, esa especie de atadura, que no era una condena en lo más mínimo: se sentían tan suaves las cuerdas que la sujetaban a su alma; porque así era, ya no la sujetaba la Tierra, no era la gravedad la que hacía que sus pies estén apoyados en el piso, sino los pies de él, y no era ella la que volaba sino que él la llevaba a volar. Él, único, que había estado ahí tanto tiempo, y ella sentía que su alma lo necesitaba: de sus adentros, esa necesidad de atraerlo, simplemente conocerlo, simplemente hablarle, saber quién era, verlo reír al menos una vez. Y fue allí cuando le ganó por completo, se ganó su alma y su corazón, sus proyectos, sus sueños y su futuro. Se apoderó de los recuerdos pintando su nombre en cada sensación, en el clima, en los días, las horas, las esquinas; se apoderó de todo, conquistó, y reposó sobre su vulnerable corazón.
Y cada día lo ama más, al ver sus ojos le crece tanto el amor; y aún aunque no lo vea concreto, lo sueña, y así lo inventa en sus pensamientos, y así lo materializa frente a ella, y así lo ama más; segundo a segundo, más segura, más llena, más plena, más invencible.