Te miro.
Me miras mirarte.
Y ahí preguntás qué es lo que estoy mirando.
Me sonrío.
No respondo.
Me vuelves a preguntar y te beso.
No es que no sepa qué decirte,
pues en mi alma ya no caben dudas,
sólo que,
¿cómo podría yo articular
la más sencilla palabra
cada vez que te miro a los ojos?
Si allí es que me pierdo por completo,
me pierdo del mundo,
me encuentro en lo profundo,
sintiéndote dentro
sujetándome el alma.