Y sí, vivo en el pasado del pasado... 
Pero nunca olvidarlo me permite saber por qué sufrí viejas heridas. 
Siempre en guardia, analizando.
Cuidando que mis cicatrices no vuelvan a abrirse.
Y aunque quisiera creer que de esta manera
no habría forma de dolor,
ni manera de daño,
siempre habrán nuevas.
Siempre esos golpes que no atajamos,
que nos pescan desprevenidos,
distraídos,
sin poder prevenirlos,
llegan alguna vez.
Llegan
y quizás raspan un poquito,
y quizás corten un poquito,
y quizás masacren el alma.
Y siempre también presente
el miedo a que se aparezcan.
Mirando las agujas del reloj
avanzar cada segundo,
asustados de pensar que quizás
en el próximo segundo
podríamos llegar a desaparecer...
Pero, ¿de qué vale este miedo?
¿Cuál sería el sentido del vivir, entonces?
Simplemente eso: vivir.
Y tener miedo a dejar de existir
es el miedo más real.
Sólo no hay que dormirse en la espera,
sino vivir intensamente hasta el final.