¿Cómo se supone que se sentiría? ¿No debería ser lo correcto elegir lo que es mejor para uno? ¿Por qué cargar con esa mochila si no es lo que uno quiere, o peor aún, si no es lo que uno siente? Luego pasamos los días preguntándonos a nosotros mismos cómo podríamos actuar, qué hacer, de qué manera reaccionar, para que los resultados den la menor cantidad de heridos, derramen la menor cantidad posible de sangre, y solucionen las cosas de una forma u otra.
Es difícil: cuesta tomar decisiones. Y más cuando comprometen la felicidad ajena. Pero ¿no somos nosotros la prioridad? ¿en quién se supone que debemos pensar primero? Y allí aparece la gran pregunta: si somos realmente felices por nosotros mismos, o si resignamos nuestra propia felicidad por la ajena.
Y el interrogatorio continúa indefectiblemente, hasta que un hecho, una mirada, algo nuevo, un punto de inflexión, modifica la visión de las cosas, la perspectiva, y un nuevo cuestionamiento aparece, sin siquiera haber conseguido la respuesta del primero: ¿esto es lo que deseo para mí? ¿o mis deseos son muy diferentes a los del resto como para creerlos correctos y acertados...?
Y entre medio de tantas interrogaciones y cuestionamientos, la vida no se detiene. Sigue, surge, pasa. Y mil sucesos ocurren sin pensar qué decidir, simplemente dejándose llevar por las cintas que nos enriedan y van conformando esos extraños y casuales lugares donde justo ahí, allí, en ese instante, nos encontramos con el otro.
fluidez
fue un
miércoles, julio 03, 2013