A noventa grados

La tenue luz del poste de la calle
ingresando como rayos a través de la ventana.
Su nariz apoyada sobre el vidrio
le parecería graciosa a quién la viera del otro lado.
Pero no sabe cómo hacer para volver
a causarse gracia ella misma.
En el desgano de la rutina monótona,
reaparecen fantasmas de dolor.
Se le va enajenando el alma,
saliendo en hilos hacia afuera,
de la boca hasta el cielo,
atravesando cada nube,
rodeando a algunos luceros,
enroscandose en la Luna.
Provocan una tormenta en cada ángulo,
pero el movimiento está en el cénit,
y no llega a divisarlo.
Hay un techo sobre su cabeza.
Y aunque el picaporte de la puerta
está al alcance de las manos,
las cadenas que le amarran
las venas y el corazón,
aprietan con fuerza
si se quiere escapar.
Pero su anillo es la llave,
y lo sabe.
Sólo le teme a echar su cabeza hacia atrás
y ver esa revolución.