legibles

Y la magia de repente empieza a residir en la simple idea de que somos como un libro.
Escritos.
Divididos en introducciones, capítulos, epílogos.
Dedicatorias.
Citas al inicio.
Aclaraciones de palabras.
Glosarios.
Numeración.
Palabras divididas al final del renglón.
Comas,
puntos seguidos,
apartes,
finales.
Y así nos entregamos al mundo.
Cerrados.
Algunos con doble candado.
Otros, con una sutil y dulce cintita bebé
color amarillo patito.
Algunos van directamente abiertos...
Otros, con una dentadura monstruosa
que amenaza con desgarrar
la mano que se atreva
a intentar abrirlo.
Serán diferentes novelas...
Pero si hay algo en común
entre todas ellas
es que
una vez que un tercero
toma el libro con sus dos manos,
lo abre
y comienza detenidamente a leerlo
nos convertimos en eso:
en palabras,
en historias,
en diálogos y testimonios.
Somos legibles,
y siempre en la vida
en algún extraño momento
nos damos cuenta
de que hubo alguien
que logró abrir la tapa
y pasar su mirada
palabra por palabra,
renglón por renglón,
página por página,
capítulo a capítulo,
sin ansiar el final,
sólo... leyendo.