Fácil trasladarse...
Estar donde deseamos estar.
Es sólo cerrar los ojos.
Liberar los brazos.
Y aletear.
Aletear como un bello pájaro, incandescente,
a la luz de la blanca Luna,
sedienta de noche, de mar, de luceros.
¡Ay, de la blanca Luna!
¡Ay, del bello pájaro!
Acaricia la espuma la orilla de esa playa,
y el viento mece suave las ramas de los médanos.
Es una canción de cuna para esas dos almas
arrojadas en la arena bajo la tibia oscuridad,
cubiertas por el manto de la negrura de la noche,
pero deslumbrados ante el brillo de las magnas estrellas,
que titilan, titilan, y vuelven a titilar.
Vibran sus cuerpos y se sonríen,
y aunque todo parezca oscuro,
sólo se dejan alumbrar.
El suave viento,
la canción de cuna,
y esas almas, como criaturas,
correteando por ahí,
salen a jugar.