El último grito pone el punto y aparte a la discusión que, hasta entonces, parecía interminable. La mesa que separaba esos dos cuerpos parecía un puente cortado en hora pico. Por encima de ellos, la luz de la lámpara similaba ser un Sol que venía a amortiguar ese dolor inminente que acechaba las almas de los seres que, buscando una solución, se sumergían en ríos de argumentos que no hacían más que hundirlos en un pantano de dudas. Los dedos de ella resonaban contra la madera haciendo un ritmo peculiar y repetitivo, que ya comenzaba a ser molesto. Él, mientras tanto, jugaba con un maní de la canastita a medio consumir que había venido acompañando la cerveza que habían pedido. La cerveza a medio tomar no era buen indicio, hablar tanto les había secado la garganta y aún así no tomaba del dolor que le causaba que ese siempre néctar hoy se comportara como lejía, por culpa del nudo que le enmarañaba el esófago y le dificultaba el habla. Los ojos se perdían del piso a la mesa, de la mesa a la barra, de la barra a ella. Ella, con su nariz respingada y su boca de ensueño. Ella, de melena rubia y ojos avellana, brillantes y profundos. Ella, que tanto le generaba, que tanto le movilizaba el alma de un lado para el otro, estaba allí, enfrentando una discusión a su lado. Vaya a saber uno por qué, una vez más, habían discutido.
Quince minutos sin emitir sonido bastaron para que alguno de los dos decidiera comenzar una nueva charla. Una lucha silenciosa de egos decidía quién iba a ser el que rompiera el silencio. Fue ella quien tuvo la palabra.
—Dejemos esto de una vez por todas. Necesito estabilidad. No puedo seguir así. Discutir no sirve de nada. ¿Con qué fin discutimos? ¿Qué objetivo tenemos, qué buscamos con tanto palabrerío?
—Y, qué querés que te diga... Esto no es a propósito. Y vos lo sabés. Yo no busqué que así sucediera. Es igual que la rotación de la Tierra sobre sí misma. Imaginate esta situación. Un grupo de ingenieros desarrollan un sistema por el cual se detiene la rotación de la Tierra. Por mucho que pensemos que la Tierra podría dejar de girar sobre sí misma y así detener el paso de las horas, el correr del tiempo sería inminente. No podríamos cancelarlo. Si bien la percepción sería diferente para aquellos que viven del lado del globo que quedó a la luz del Sol, para los desafortunados (o afortunados, porque sobre gustos no hay nada escrito) que quedaron del lado oscuro, la noche sería eterna, y no podrían aprovechar el tiempo de la misma forma que el selecto grupo iluminado. Y no te lo estoy diciendo porque se me ocurrió recién, sino porque está comprobado científicamente que la luz solar ayuda a sintetizar ciertas hormonas y a liberar algunas sustancias que permiten un correcto desempeño durante el día. Así como la luz te hace despertar, la oscuridad te hace dormir. Imaginate qué pasaría si yo, entonces, intento quedarme detenido en un estadío constante, eterno y equilibrado. Imaginate que pasaría si yo respondo al cambio negativamente, si me niego a convertirme, a ir aceptando el paso del tiempo y lo que él trae para regalarme. Imaginate qué pasaría si toda tu ocurrencia de la estabilidad se hace real, ¿qué sería de nosotros en unos meses? ¿qué alimentaría la lucha del día a día? ¿qué sería lo ideal de la estabilidad luego de un año de haberla obtenido? Si mi año fueran once meses de vacaciones y un mes de trabajo, el mes trabajado sería el ansiado. Las vacaciones serían lo cotidiano y perderían la magia. Pero si trabajo once meses, el mes de vacaciones se convierte para mí en lo más preciado. Lucharé y me esforzaré por alcanzar ese mes y poder disfrutarlo día a día, antes de volver al ruedo de los meses de trabajo. ¿Qué nos queda a nosotros, entonces? Quiero encontrarte todos los días con una nueva idea, con un espacio para discutir algo que no compartamos, que no coincidamos en lo más mínimo. Quiero descubrir lo que tenés para decir, cómo defendés tu idea. Quiero verte apasionada ante tus creencias, ante tus elecciones, y poner el pecho para confrontarte con las mías. No te quiero estática ni estable, te quiero cambiante, mutante, iluminada de a ratos, oscurecida en otros. Quiero que seas todos los aspectos y no sólo los mejores. No reprimas, no escondas, no modifiques el ser para hacer más ameno nuestro encuentro. No quiero eso, y si así debe ser, dejame decirte que entonces me disconforma el bienestar constante. Peleemos sin faltarnos el respeto, discutamos aceptando el argumento contrario, aprovechemos la capacidad de libre albedrío que nos da la condición de ser humanos. No está mal pelear, ni discutir, ni discernir. Si simplemente se hace insostenible, el tiempo decantará y nos dará la razón. Y quizá sí, no debamos estar juntos. No debamos reunirnos ni tener más conversaciones. Pero mientras tanto, ¿quién pone los límites más que nosotros mismos? Si sentís que estás perdiendo el tiempo, te propongo levantarte de esta mesa. Yo invito la cerveza, no te preocupes.
Los ojos de ella brillaban intensamente. Una leve y tensa sonrisa se le dibujó en el rostro, y quería decir algo, pero no podía articular palabra. Al cabo de unos segundos, la mueca aflojó la tensión, y se suavizó el rostro. Esos gestos suaves no podían indicar algo malo.
—Y a ver, contame... ¿qué hormonas son las que regulan eso que dijiste antes con la teoría de la Tierra que dejaba de girar?
Y empezaron a hablar de ese tema, que justo a él tanto le gustaba, y que ella tan poco entendía, pero que aún así, le encantaba escuchar. Porque él se fascinaba cuando hablaba sobre su vocación, y ella adoraba verlo así, excitado, alegre, feliz. Y aceptó esa charla para dar lugar a otra sobre las cosas que a ella le fascinaban, y así a otra sobre los cambios de clima, y así a otra sobre una teoría alocada sobre la cantidad de cerveza que deberían tomar para curarse una gripe, y así a una infinita cantidad de conversaciones que no decantaban en ningún lado, y quizá eran pensadas de una forma absolutamente diferente por ella o por él... y aún así, aún con tantas diferencias, había algo pequeño pero no poco importante que tenían en común, y eso era la tolerancia.