El techo está vacío. Esta vez, sentarse a mirarlo no significó nada.
Buscaba una charla y no la encontró. Simplemente, hubo silencio en su lugar.
Le extrañó un poco porque nunca hay silencio. Años de ruido, barullo, susurros. Todo allí, allí mismo, arriba de su cabeza. Su propia voz cambiando de color, los graves, los agudos. Todo dependía de qué pasaba. Del sentimiento involucrado. De lo que titilaba en la mente.
Y ahora quiso volver a hacerlo, y no pudo. No había nada. Dolía un poco pero no molestaba. Era simple desgaste. O estrés, como gustan decir.
Se asustó después de tanto silencio pero algo la mantenía, aún así, tranquila. Algo le hacía pensar que esa anormalidad era, en realidad, un viraje. Una transformación. Algo nuevo que estaba por venir.
Sintióse alegre, y sólo sonrió.
Aún así, en silencio y sola, sonrió.