atemporal

No existe el tiempo. Ni hacia delante, ni hacia atrás.
Buscó ver si existía. Hizo mediciones y cálculos, pero al final, no pudo comprobarlo. No puede comprenderlo.
Septiembre se abalanza y es uno más, sólo uno más de tantos, víctimas del tiempo que tanto pesa pero poco se expresa. Quizá se da a conocer en líneas de más en el rostro, o en la fruta que se olvidó en el fondo de la heladera, y hoy, llena de moho, contaminó todo el cajón. "Alguna vez fue fresca", piensa. "Alguna vez fue fresca, alguna vez estuvo en el árbol. Si todo eso sucedió fue un tiempo pasado" sigue razonando. Y ve ahí al tiempo ponerse de manifiesto, pero aún así siente que el instante es eterno. Que el ahora se perenniza porque es ahora constantemente, porque ahora es ya y no hay otro momento que no sea este. Porque somos conscientes y hacemos tacto sobre la línea de tiempo sin poder movernos en ella con libre albedrío, sino condicionados a su avance imparable, condenados a depender del tiempo. De ese tiempo que está y no está a la vez. De este Septiembre que recibió el equinoccio y no sabe cómo, si tan sólo ayer parecía Abril. Si el tiempo a veces corre más rápido, o más lento. Si realmente es así o sólo es su impresión. El tiempo existe porque hay lugar para que ocurran eventos, y un evento precede a otro que precede a otro que precede a otro. Y así sucesivamente. Y si hay sucesivos, hay tiempo. Pero, ¿dónde está? ¿cómo lo puedo modificar? ¿cómo dominarlo? E intentan, una y otra vez, construir el tiempo por sí mismos, enfrentar el paso, evitarlo. Pero el tiempo desaparece ahí, y se vuelve a convertir en esa dimensión intangible. Y la cara, las manchas, el dolor en las articulaciones... Él lo nota. Lo sabe.  El tiempo se le viene encima y aún así sigue gastándolo. Intentando detenerlo.