Suena Kyoto song. Otra vez este cd. Pero es que no me puedo desprender.
El colectivo viene con Sol. Son las dos de la tarde y pega de lleno contra uno de los laterales. Lo deseo tanto, pero hasta acá no llega.
Estamos en Septiembre y el tiempo corre más rápido que nunca. Los exámenes ponen a prueba más que el conocimiento. Esta vez evalué resistencia, perseverancia, y cómo-no-caer. Pero caer, caigo siempre. Quiero volar pero no tengo alas.
Mientras, un nene que apenas se para en sus miembros inferiores, va de un lado al otro en el colectivo. Si mi premisa fuese real, debería caerse. Pero no se cayó. Sigue jugando y pone la cabeza al Sol. Él jugando y yo no. Él al Sol y yo deseándolo, aunque lo tenga tan cerca.
Si el niño no cayó, yo no tendría por qué caer siempre.
El alma pide revancha. Se levanta desde el suelo y quiere batallar de nuevo.
Ahora suena Six different ways. ¿Se habrá planteado alguna vez Robert Smith lo que su música provocaba en los demás?
De repente volé. El sonido de la melodía me dio el impulso. Salí a volar, me fui lejos (que no pare de sonar). Me fui lejos (como siempre que suena). Me fui lejos (alto y claro suena). Me fui lejos (se hizo parte de mí).
Y cuando menos lo esperaba, el niñito invicto y su mamá bajan; el colectivo dobla. El Sol ahora me toca. El alma canta, y en cada verso respira una bocanada de aire lleno de infrarrojos.
Suena A night like this. Se me estremece el alma. El Sol me acaricia la cara, mis mejillas se maquillan sin necesidad de polvos. Tengo la luz dentro, ya me atravesó. Espero con ansias el momento en el que vuelva a doblar, y el Sol vuelva a marcharse. Y así pararme e ir donde él esté. Ya lo decidí. Saldré a buscarlo. Esperar a que llegue es un martirio.
Y quizá no siempre caiga.