El cuchillo entró hondo. La luz que salió por detrás era tanta que encandilaba.
Brotaba carmesí y no había forma de hacerlo frenar. No iba a parar. Faltaba para eso.
Son de esas cosas que suelen avanzar rápido, pero uno quiere ralentizar. Y luego vira de color.
Se va del rojo al violeta. Pasa por verde, por amarillo. Un día vuelve al original.
Contra el piso, contra la pared, contra el escalón. Siempre golpea y no puede esquivar.
Quizá se dio cuenta tarde pero es muy tarde para eso.
Quizá se lo habían advertido pero advertir no sirve. Sin el golpe no es nada.
Camina más ligero, o eso le parece, porque la realidad se distorsiona, y no deja de sangrar.
Y delira, alucina, piensa que corre. Pero en realidad está volando.
Pesa menos y no siente ni el cuerpo propio. Manos frías, pies fríos, la vista se apaga.
Las miradas se perdieron, las palabras no existían, pero eso no sorprendía. Ya estaban en silencio desde antes.
Y su cuerpo cayó al suelo.