existir vs sentir

Soy.
No soy.
Siento, existo.
¿Qué va primero?
¿Sentí luego de existir?
¿Existí después de sentir?
¿Cómo compruebo la existencia si no la siento?
O quizá son dos fenómenos congruentes, que inician en un mismo momento, cargados de humanidad vana -o no tanto-, cargados de sutilezas, de alevosías, de connotación visual, olfativa, táctil, sonora, gustosa.
¡Sí, Eureka! Los sentidos toman el mando.
Se alzan frente al timón no sin antes echar por proa y popa todo aquello que molesta (porque todos nos alejamos de las sensaciones que perturben a cualquiera de nuestros sentidos).
Pero, ¿qué sería del ser sin estos comandantes de la conducta humana?
¿Qué sería de nosotros si nadie escuchara? ¿Qué lugar ocuparía el idioma, tan complejo, que define gran parte de nuestra inteligencia y nuestro potencial evolutivo históricamente desarrollado? ¿Qué serían los instrumentos si no pudiésemos interpretar sus sonidos? Un grito sin la expresión que lo acompañe no tendría sentido alguno. El bocinazo en la avenida no haría que me apure, ni la sirena de la ambulancia sería indicadora de nada si no logro divisar esas dos luces verdosas intermitentes que oscilan continuamente estimulando más de una convulsión.
¿Qué sería de nosotros si nadie viera? La concepción de los colores, los brillos, los contrastes. La luz y la oscuridad. No de cerrar los ojos adelante del Sol o una luz fuerte y jugar a apretarlos y a aflojarlos viendo cómo nuestros párpados cerrados/muy cerrados/no tan cerrados van cambiando la percepción de la iluminación (y no me lean con gesto de "y esta loca qué está diciendo" porque estoy más que segura de que muchos lo han hecho y no soy la única). No, lo que planteo va más allá de eso... La ceguera pura y real, desde el nacimiento, no tener ningún tipo de conocimiento acerca del ver, de qué es, cómo se siente, cómo se graba en la cabeza, cómo se imagina...
¿Qué sería de nosotros si nadie sintiera? ¿Cómo podría comprobar si tengo frío, calor, si voy a resfriarme o no? ¿Cómo comprobaría yo si debería o no abrigarme después de verme la piel transpirando como gordito en una maratón en Plaza Italia el 15 de enero? Quizá, en realidad transpiré porque caminé rápido por la calle en pleno invierno y si me desabrigo y me seco con el viento fresco de agosto no va a terminar en algo muy copado para mi persona. Y ahí llego a casa, me acuesto a dormir. No sé si estoy calentita o no, no sé si la sábana me tapa, si no me tapa. Apagué la luz y no veo nada. Pero tampoco siento. Y no sé si estoy tirada en la cama o estoy tirada en el piso porque no siento formas, ni texturas, ni bordes, ni calor, ni frío, ni dureza, ni suavidad. Y lo peor para mamá, ¿cómo comprobar si estoy durmiendo tapada?!?!?
¿Qué sería de nosotros si nadie saboreara ni oliera? Y pongo estos dos conceptos juntos porque van de la mano, sí. Porque oler algo en mal estado hace que ni se me vaya a ocurrir comerlo, así como mandarme a la boca directamente un pedazo de naranja que estaba medio blandita pero igual me la comí porque estaba demasiado distraída mirando un capítulo de Dr. House, y que apenas entró en contacto con la lengua, reconocí su sabor estrepitoso y "poco agradable". Acto seguido, abrís la boca, escupís ese trozo de fruta del infierno y corrés a hacerte buches con el estómago revuelto. Igual que cuando te juntás con tus amigos a comer asado en un quincho que sólo se pisa los findes, y uno se olvida un pedazo de carne en la parrilla. La semana siguiente no sólo lo abundan moscas y sus larvitas horripilantes y saprófitas, sino que un aroma a putrefacción que no es demasiado amigable se desprende de ese trozo de (pobre) vaquita que, hacía sólo (!) una semana, estaba siendo ingerida por todos. Claramente nadie va a pensar en comerlo, porque huele mal, probablemente tenga un sabor muy feo (que espero que nadie compruebe nunquita), lo veo lleno de moscas y, para colmo, escucho el aleteo. Y se para una en mi brazo, y me toca con esas patitas finitas y puntiagudas, llenas de gérmenes. Y me da escalofrío, y lo siento, y puedo ver a mi piel estremecerse, mis pelos erizarse, y lo siento aunque no lo viera. Escucho el ruido que hace mi panza ante la impresión que me genera, lo siento. Y siento también una necesidad enorme de darme media vuelta y correr a buscar el mameluco de papá, un barbijo, guantes, borcegos de seguridad y una pinza de esas que usan en metalurgia para agarrar las cosas calientes, lejanas e inaccesibles para nuestras humanas, sensibles y debiluchas manos.
Después de todo esto, de toda esta sarta de pavadas sin demasiado sentido (o algunas más que otras), termino, entonces, preguntándome... ¿Qué sería del humano sin los sentidos? Del humano, del animal, la naturaleza en sí... Desde el sensorio hipermegadesarrollado que establece la complejidad táctil del humano hasta la quimiotaxis que ejerce un macrófago para ir a atacar a toda bacteria que se te metió en esa bolita roja que, te aseguro, va a terminar amarilla y llena de pus. Desde la capacidad de nuestra mente de interpretar la dirección de un sonido y la de los murciélagos, delfines y todas esas especies que envidiamos para ubicar objetos mediante ecolocalización. Desde la posibilidad de ver algo por verlo, es decir, detectar una forma y reconocerla, ver un color y saber cuál es, establecer cuán intenso es o no es su brillo, un valor dentro de RGB, Lab, HSB, RYB, CMYK etc etc etc el que elijan (y eso se lo dejo a los diseñadores, es tarea de ellos y no mía), e interpretarlo en relación a un recuerdo, a un sentimiento. Como ver un corazón pintado de rojo (hecho que, escribí "corazón pintado de rojo", y todos automáticamente pensamos en esto ). Así también, como ver una lija y pensar en su textura, y el dolor que generaría que alguien nos la pasara por la cara. O escuchar un llanto infantil e imaginar un bebé. O pensar en una cama y sentir el calor de la frazada. El Sol y el brillo. La playa y la humedad. El sur y el frío.
Y así, seguir, hacer alusión a miles y miles de posibles situaciones en las cuales estén involucrados nuestros sentidos, que son, básicamente, todas. Porque somos humanos y percibimos nuestra existencia mediante nuestros sentidos. Sin ellos no seríamos nada, no podría detectar qué letra estoy apretando, reconocerla, saber cómo escribir la palabra, suponer la cantidad de letras que lleva cada una de ellas, armar la frase, organizarla de alguna forma tal que gane armonía y se haga suave ante la mirada del lector, transmitir una sensación, vincular al sentido con el recuerdo, generar cosas en sus almas cuando lean esto, y por sobre todo, explotar al máximo la capacidad humana de la percepción. Porque no era más que esto, un simple juego para rememorar que sin los sentidos, no sentimos. Si no sentimos, ¿cómo comprobamos que somos? ¿Existir como consecuencia de sentir, o sentir como consecuencia de existir?