Romperse, rearmarse, volverse a romper.
Infinitos ciclos infinitos. Pero multiplicar el infinito por el infinito es absurdo.
Aún así, si lográramos llevar a cabo esa incongruencia, las cuentas no darían. Sería insuficiente.
Romperse es parte del día a día por la condición de ser humanos. Rompe, quiebra, cruje. El otro ruido no se escucha. Sólo el propio.
Adelante del espejo, observa los límites. Se recuerda a sí misma que su cuerpo es un continente. Su identidad. Está separada de todo lo demás. Límites. Entre ella y el mundo. Entre ella y el afuera.
Afuera, el mundo. Afuera hay distracción pero no puede ir allí. El Sol y la libertad del afuera no serán goce si primero no vierte su espíritu por acá, un rato. Se lo pide, se lo ruega, se hace necesario para vivir.
Porque es la única forma de rearmarse cuando está rota.
Volver al inicio (o al fin) del ciclo.
Se levanta y corre a las escaleras.
En un rato vuelve.