temporal

El reloj despide una llamarada. Se prendió fuego, pero aún así no se detuvo.
Miró las agujas como si fuesen cuchillas, intentando esquivarlas, pero sin éxito. Otra vez se salió con la suya. Otra vez.
Lo que ahora se había encendido era el corazón del hombre. El fuego había llegado hasta ahí.
Revolea el reloj por la ventana, y corre a mirarse en el espejo. Se mira, y todo sigue igual. Abre la boca, abre los ojos, pestañea. Contrae el macetero, apreta los dientes. Se muerde la lengua. Se mira, y las cosas no parecen cambiar.
Pero hace un rato tiró el reloj. Antes. En el pasado más cercano, pero pasado a fin de cuentas. Y el tiempo no se detuvo. Sigue sin lograrlo.
Quizá era hora de dejar de intentarlo.
Observa desde el balcón los restos del reloj. La avenida hizo lo suyo. Transitada como nunca, viernes casi sábado. Alguna ambulancia arranca con su sirena, anunciando la llegada de un paciente en grave estado. Él sí necesita que paremos el tiempo. O quizá que lo adelantemos. Quizá, movernos en la línea intentando conocer lo que va a pasar. Para intentarlo o no. Para hacer lo correcto. Para no equivocarse. Para volver atrás y evitarlo. Para volver atrás y que la ambulancia esté a tiempo. Pero no puede hacer nada. El reloj sigue allí, sufriendo el paso de los neumáticos a toda velocidad, destruyéndose un poco más, y un poco más. Y el tiempo sigue corriendo.
Se queda pensando un momento. La ambulancia llegó al Clínicas y a él todavía le resuena la sirena, repetitiva, en la cabeza. Quiere saber el destino del ser que viajaba en su interior. Sus codos apoyados en la baranda del balcón duelen un poco. Caen un par de gotas sobre su rostro, y otras bailan por las mejillas. Se mezclaron, no sabe cuál es cuál.
Pero la del alma es más salada.