A veces duele, pero no tenemos por qué prestarle atención al dolor. Hasta que se hace tan gigante, enorme, supremo, que ni el más grande esfuerzo por ignorarlo puede hacer que nos deshagamos de él. Y sí, el alma intenta luchar por dejarlo ser, dejarse ser, que el dolor fluya y el tiempo siga. Pero yo detengo el tiempo, rompo el reloj, detengo al alma, la sumerjo en el agua, la ahogo, la acallo. La mantengo en stand by, abriéndome paso en el camino, para seguir viviendo como máquina y no como ser humano. Para seguir el ritmo y no perderme en la carrera. Para no quedar atrás, abrazándome al alma, que acongojada pide, suplica, grita. Me dice que la ayude. Me dice que no puede más. Pero no hay tiempo para eso. No queda tiempo para explicarle que no hay tiempo.