Cuando me preguntaron qué quería para esta navidad, me puse a pensar en los regalos que me han dado, en lo que recibí años anteriores, en los regalos de la vida, los regalos que me da la naturaleza día a día...
Y caí en la cuenta que el regalo más grande que alguna vez recibí fue mi propia vida.
Pero, ¿qué es mi vida, hoy en día? ¿Qué es de mi vida?
¿Por qué vivo, dónde voy, con qué fin?
Nací hace 19 años, renací hace 5 meses. Un 11 de julio, precisamente, cuando entraste en mi vida en menos de una hora. Cuando te abrí las puertas y descubrí esa energía que tanto latía, tanto me alcanzaba, tanto me envolvía.
Renací al conocerte, así que morí para nacer de vuelta, morí para nacer en vos, para vos, por vos.
Renací y me acunaste en tus brazos, besándome la frente con dulzura, despacio, tierno. Suavemente posaste tus labios marcándome la piel, me hiciste un lugar al lado de tu alma, justo en tu corazón, para estacionarme, para sentarme a descansar para siempre.
Te amé en un instante, te amé de pronto, rápido, quizás antes de tiempo, pero así me surgió, así lo sentí: te amé, mi alma me pedía amarte porque tenías los ojos de mis sueños, porque tu calor era más fuerte que el del Sol, porque en vos quería vivir, para vos, por vos.
Ese fue el regalo que recibí. ¿Qué más puedo pedir, que el saber todos los días que tu sonrisa sigue brillando, y que yo soy uno de tus motivos para sonreír? Ese es mi regalo. Saber qué soy para vos. Saber quién sos para mí. Saber que somos, no singulares, no vos, no yo: somos, nosotros, los dos, siendo uno.
Fuiste mi regalo. Sos mi regalo cada día. Sos una razón, una luz, un millón de destellos en el aire que respiro a cada minuto. Sos un millón de destellos en mi mente que aparecen segundo a segundo. Sos un millón de destellos en el cielo que se vuelve eterno, inmenso y maravilloso.
Te abro los brazos, te abro el alma. Me siento a esperarte para verte venir. Verte llegar, que puedas abrazarme, besarme, y volverme infinita. Somos infinitos, somos interminables, somos una pasión que se enciende en cada roce, un fuego que crece sin pausa, sin detenerse. Cada vez más grande, cada vez más fuerte, cada vez más poderoso.
Llegaste como un regalo, y me regalás tu existencia día a día.
¿Qué otro regalo puedo llegar a querer?
¿Qué otra cosa debería desear?