Mi estrella.

Es esa estrella,
la única, una sola.
Es una estrella que me mira
me sonríe y me deslumbra.
El alma no se encierra
no hay paredes ni puertas
ni llaves ni blindajes;
lo que era de piedra
de pronto se disolvió,
lo que estaba trabado
fluyó como nunca.
Los agujeros siguen
pero parece que su brillo
los va rellenando
despacito, poco a poco;
el alma se plenifica
porque puedo bailar,
porque puedo cantar.
Y le canto y le bailo
a esa misma estrella,
y le escribo poesías,
y la miro fascinada
porque brilla hermosa.
Por eso es que me asusto
cuando empieza a titilar;
por eso es que me asusto
cuando una maldita nube
la trata de tapar.
Que no la oculten,
que no me la quiten,
porque mi estrella
es mi luz preferida,
mi paisaje más deseado,
mi destino tan soñado.
Es la que brilló siempre
en el medio del cielo
y un día le presté atención
como si nunca hubiera
estado allí impresa.
Porque un día se encontraron
allí, en el aire de la noche,
nuestras claras energías
que buscaban encontrarse
que buscaban chocar.
Colisionaron, sí,
y se fusionaron en un beso.
Y esa estrella me besó,
me besó la frente,
me besó los hombros,
me besó la cara.
Así fue mi estrella favorita,
así la besé y la abracé,
así la quise domesticar,
y la recibí para que sea mía.
Y ahora nos unimos,
entrelazándonos, para siempre,
esa estrella tan hermosa,
y mi alma de niña,
que desea ser eterna,
que desea que su estrella
le sonría sin parar
la envuelva en sus brazos
para protegerla del temor
de los fantasmas del pasado
de las dudas del existir;
porque mi alma está enamorada:
se enamoró por primera vez
de esta estrella amarilla,
que da calor,
que da sabor al vivir,
que camina de mi mano,
derramando su brillo sobre mí.