Y se dio cuenta, allí fue cuando se dio cuenta, que en realidad todo aquello que tenía guardado en su interior, lo que se había mantenido allí intacto durante años, meses, días y horas, lo que supuestamente formaba parte de un pasado irrecuperable, olvidable, finito, nunca había sido pisado, nunca había desaparecido, nunca se había ido, y la había acompañado hasta allí. Aquellos sentimientos fugaces, más bien habían sido intensos y duraderos, y sin darse cuenta había amado infinitamente, ferozmente, sin límite, y viviendo a su vez una vida sin sentido, por compartir esos años con fantasmas para ella, con espectros para ella, con monstruos para ella, porque ninguno, (léase bien: ninguno), había llegado a lograr que ella haga lo una vez hecho, que ella viva lo una vez vivido, que ella sienta lo una vez sentido: esas ganas de dejar todo, entregarse por completo, a ese ser que tanto amaba, que tanto deseaba, y que sería el único capaz de saciar la sed de pasión que llevaba dentro.