Late al compás de un ritmo lejano. 
O tal vez no tan lejano.
Puede que sea cercano, pero lejos de su alcance.
Puede que esté a centímetros de sus manos, pero lejos de su alma.
Puede que esté tan próximo, pero imposible de atraparlo.
No hay forma.
Si él late por aquel, pero aquel no late por él.
Si él late por uno, más allá de sus posibilidades.
Porque aquel late por otro,
otro, diferente,
otro, desconocido,
otro, otro.
Y él muere, con un latido siniestro definiendo su final.
Muere con un dolor nunca antes sentido.
Muere con un dolor nunca antes experimentado.
El dolor del corazón, al saber que ese por quién late, ya tiene un dueño.