Extraño ir hacia delante, y de repente, regresar.
Extraño correr derecho, y de pronto, doblar.
Extraño ser blanco hoy, y ser negro mañana.
Extraño el cambio, la vida.
Extrañas las miradas, las caras, los rostros.
Rostros enmascarado
Rostros que desaparecen tras un humo de cenizas.
Y caras que se descubren, surgiendo de la nada,
plenamente viviendo por recuerdos,
viviendo por el amor, por el odio.
Viviendo en la cabeza, imaginarias,
pero que, aún así, respiran, miran, devoran,
y respiran.
Miran hasta hacer sangrar los ojos.
Devoran el alma, voraces,
respiran el aire, la vida.
Miran nuestras miradas,
devoran nuestro alimento,
respiran alientos.
Alientos de vida que salen despedidos hacia el v a c í o ,
alientos que escupe el alma, deseando morir.
Muriendo despacio,
escondida entre las rocas, en el borde, en el límite;
esperando la ola más fuerte, el viento más violento,
el sonido más desgarrador,
para arrojarse por ese acantilado,
deseando perder la vida, antes que perder la cordura
por el recuerdo que no se va,
por el fantasma del pasado, del pensamiento
que la acecha por las noches, alimentándose de su dolor.