No era cuestión de pensar en una imagen sobre cómo sería la vida, ni de especular acerca de qué pasaría el día de mañana. No era cuestión de planear un futuro, de proyectar lo que se estaba aproximando. No era cosa de hacerse una idea en la cabeza de qué sería lo que haría, cómo lo haría, y en qué momento, ni pensar en lo que sucedería al ser un anciano. No era cuestión de soñar con la proyección de una vida, ni de imaginar las miles de cosas que podrían llegar a acontecer.
Era cuestión de hacer.
Era cuestión de vivir.
Era cuestión de ser.
Lo comprendió tarde, pero a tiempo. Pudo reparar el error, aprender a último momento. Pudo enseñarle a otros el real sentido de la vida. Pudo dar a conocer al mundo el verdadero valor del presente. Pudo morir pleno, completo, al haber entendido que el ahora se vive hoy, y el futuro, mañana.