¡Me compadezco!
¡Me compadezco del alma que espera la llegada del momento!
¡La espera que se prolonga más de lo esperado!
¡Ay, de la locura de aquella niña, que aguarda lentamente, a sólo pasos de ser una mujer! Tiene la paciencia y el temple de una dama. Así era ella. Ella, toda, dama. Ella, toda, ella. Pero, ¡ay de su demencia cuando percibe su mirada! ¡Ay de su locura cuando divisa su figura! ¡Ay de su cuerpo cuando se encuentra con el suyo! Tiene la pasión y la locura desenfrenadas. Así es ella. Ella, toda, apasionada. Ella, toda, brillante. ¡Ella, ella se ha convertido! ¡Ella, ya cambiada, ya preparada para dar el salto! Fiera desatada al borde del acantilado, mirando al horizonte, dejándose llevar. ¡Ay de ella que tanto ha amado! ¡Ay de su alma, su corazón enamorado! El pecado que la llena, la nutre, la rodea, manifiesta la lujuria de su ser encadenado.¡Ay de ella si se enteran!
¿Qué dirán de su mirada?
¿Qué dirán de su pureza, cuando sea corrompida?
¿Qué diran de su cuerpo, ya ultrajado?
Ella no será ya ella; toda,
No lo será para ellos.
Ellos, los verdugos. Los que la maltratarán, injuriarán. Los que la acusen de impura. Los que dicten su sentencia. Aquellos, los que menoscabarán su honradez, develando hasta el más profundo secreto, al gentío que aguarda la noticia. Aquellos y todos, que condenarán al alma de la mujer profanada, ya no más doncella, ya no más inmaculada, ya no más virginal. Y ellos, con tinta de su sangre firmarán el veredicto, y la vilipendiarán, menospreciarán, por ser la deshonra de la sangre. Y será calumniada, ella, toda, sola; ella, toda, acabada. Y será difamada, arrojada al fuego, acusada de perfidia, de felonía. Y ella, toda, dolida; ella, toda, moribunda, taciturna, apesadumbrada, muriendo despacio, pereciendo de a poco. Ella mirará con sus ojos a aquellos que la rodean, a los asesinos, los que terminaron con su vida, a los que limitaron su amor, su disposición, su decisión de vida, su elección por siempre, finiquitando con su lapso, concluyendo con su vida: vida desperdiciada, la cual sólo alcanzó su clímax cuando amó, cuando se entregó, y cuando ella, toda, mujer; ella, toda, reluciente; ella, toda, magnífica, logró romper la cadena que la amarraba a su triste destino.