Sus ojos ya han perdido la luz; su boca, el color.
Ya nadie se asoma a seguir sus pasos.
Nadie ha advertido su partida.
Se ha quedado solo, solo en ese mundo inmenso.
Inmenso para él, infinito.
Está rodeado sólo de sus recuerdos.
De sus memorias.
De sus memorias.
Y su esencia.
La esencia tan degradada, tan mutilada.
La esencia tan degradada, tan mutilada.
Esencia perdida, esencia que perdió su propia esencia,
convirtiéndolo en un ser desagradable, inhumano, infeliz.
Hace mucho ya no ríe.
Hace mucho ya no canta.
Hace mucho ya no canta.
Ni siquiera cantar para sí mismo.
Está mudo, no sabe qué decir.
Está sordo, no hay nada que oír.
Está ciego, ¿qué más para ver?
Está triste y solitario, y su andar, pesado, deja marcas en el camino.
Deja huellas, cada vez menos feroces, cada vez más débiles.
Deja partes de su vida en cada huella, abandonándola, pieza por pieza.
Vida hecha escombros, vida deshecha, vida vacía,
que se deposita en esas marcas, en esas huellas.
Huellas que jamás volverán a ser pisadas.
Huellas vanas, para nunca ser recorridas otra vez.
Huellas que se borran con el viento, cubriéndose de arena, dejando la superficie intacta,
haciendo desaparecer la humanidad que alguna vez lo acompañó...