Le gustaba salir a caminar en medio de la noche. 
Dar largos pasos, lentos, cantando por lo bajo una canción. 
Le gustaba salir de su casa, estar en silencio, salir a la calle, a caminar. 
Caminaba. 
Caminaba y no paraba. 
Caminaba sin rumbo fijo. 
Y se entristecía a la hora de regresar. 
Se entristecía a la hora de saber que debía dar la vuelta. 
Le gustaba poder escaparse un rato de la realidad que la rodeaba. 
Llegar a una esquina, mirar el cielo, mirar al sol. 
Enceguecerse, sentir el calor, sonreír. 
Sonreía. 
Claro que le gustaba sonreír... ¡y cuánto que le gustaba! 
Le gustaba, le gustaba mucho.
Sonreía para sentirse bien.
Sonreía y se sentía plena (extraña y envidiable forma de sentir plenitud).
Sonreía para mostrar sus dientes.
Sentía el viento y sonreía.
Se sentía libre y sonreía.

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Muchas cosas pasaron desde entonces.
Cambió todo. 
Quizás ya no hay sol.
Quizás ya no haya viento.
No conoce el afuera, no conoce su satisfacción.
No puede estar bien, porque no lo siente.
Olvidó cómo se sentía, cómo lo sintió alguna vez.
Lo olvidó por completo.
Ni siquiera un rastro, una imagen, un recuerdo...
Se olvidó de amar, de vivir, de sonreír.
Olvidó sus pasiones, sus locuras, sus manías.
Olvidó quién era, para qué vivía.
Olvidó el color del cielo.
Olvidó el sonido del viento, el sonido del mar.
Olvidó su propia mente.
Hasta se olvidó de sí misma.