Sé que exististe. Sé que sucedió. Sé que estuviste.
Pero aunque lo sepa, hay algo que me hace no creerlo.
Pensar que todo fue una ilusión, un recuerdo vago
que quedó flotando en ese túnel del tiempo.
Un recuerdo que se llevó consigo todo sentimiento,
un recuerdo que voló, para no volver.
Pero cuando vuelvo a sentir, cuando vuelvo a recordar,
cuando hurgo en un pasado que debería olvidar,
veo tu rostro, y tu sonrisa iluminándome,
dándole luz al camino que debo seguir,
camino del amor, camino de la paz.
Le dabas luz, me acuerdo cómo eran las cosas cuando sonreías.
Parecía que nada iba a poder salir mal. Parecía como si la vida nunca terminara. Parecía que nunca iba a volver a llover, que siempre iba a salir el sol, que jamás llegaría la noche, la oscuridad, la despedida...
Pero llegó. Así como llegaste, te fuiste.
Así como te conocí, te tuve que decir adiós.
Nada fácil, no, para nada. Tan sólo pensar en el dolor de mi llanto me hace percibir una sensación muy profunda, dentro de mí, pidiendo, suplicando, no volver a recordar. El dolor de la partida, de tu ida. El dolor de que te marches, cómo me dolió. Dolor profundo, intenso. Dolor, dolor y dolor. Y soñar y sentir dolor, y estar despierta y sentir dolor. Dolor todo el tiempo. Dolor en el alma. Dolor, horrible dolor.
Y hoy el dolor desapareció. Sólo queda un vago dejo de pesar, por no poder acostumbrarme a que ya llegó tu partida. Llegó hace rato, y lo debo comprender...
No eres más de mi propiedad. Nunca lo fuiste ni lo ibas a ser.
Estoy destinada a probar, probar y seguir probando. Hasta que aparezca una persona que sepa responder a mi misma manera.
Y probaré. Probaré hasta el fin.