Qué es lo que me hace seguir? De dónde rayos está saliendo esta fuerza?
De mi alma, de mi corazón?
De mi amor por vos?
No, nada de eso. Nada de cursilerías, nada de estupideces.
Sale de mí. De mi interior.
Puramente de mí.
No niego que no está incentivada por otras personas... Pero es mía. Mi fuerza propia, que viene al rescate.
Viene a salvarme, a sacarme a la superficie, a darme respiración.
Porque cuando te fuiste, cuando me dejaste, caí en ese mar de desesperación infinita que se extendía cada vez más.
Y me sentí sola.
Y no podía respirar, porque no tenía tu aire.
Y no podía ver, porque no tenía tus ojos.
Y no podía oler, porque no tenía tu aroma
Y no podía escuchar, porque no tenía tu voz.
Y no podía hablar, porque no tenía tus labios.
Y me sentí sola.
Y así seguí. Seguí sin poder respirar, ver, oler, escuchar, hablar. Seguí, como un muerto, rumbo a lo desconocido, a la oscuridad, a la nada...
Y ahí el fuego se prendió dentro mío. No eras vos quien me estaba sosteniendo, levantando, animando.
Era yo. Yo misma. Yo hablándome a mí.
Y supe que iba a poder con todo.
Que aunque aún no lo supere, no lo entienda y no me deje de doler...
Ya lo asumí.
Lo asumí.
Lo acepté.
Y ese fue el paso más importante.
Porque ya ahora, en este momento, puedo mirar para adelante.
Mirar para arriba para poder crecer.
Mirar para todos lados, menos para atrás.
Nada de mirar al pasado.
Nada de lamentos.
Aspirar a más. Y no parar.