Hace un mes que sentí el gusto de tu boca por última vez. Ese sabor dulce, a ternura, que tal vez nunca más vuelva a probar.
¿Y qué? ¿Voy a estar llorando por ahí por saber que eso es una realidad, que ya es algo establecido, que ya es así?
No. La cabeza se abre y uno sale para afuera. Sale de su ensimismamiento.
Sale y empieza a vivir.
Nuestros mundos giran, giran sin parar, giran sin detenerse a esperarlo a uno. No, el tiempo sigue pasando, sin aguardarnos. Pasa, furioso, veloz. Y cuando uno se quiso dar cuenta, perdió latidos de vida, latidos que podrían haber sido aprovechados para cualquier actividad, menos que para pasárselos llorando. Y sí, llorar sirve cuando hace falta. Llorar descarga cuando hay dolor. Llorar expulsa lo peor de nosotros, las lágrimas purifican el alma, y nos sentimos más relajados luego de hacerlo. Pero, ¿para qué? ¿Para qué sentir dolor, si puedo evitarlo? ¿Para qué odiar, tener rencor, envidiar, si no hay cosa más hermosa que sentir amor puro?
Ya está flaquita. Ya pasó. Ya pasó, sucedió, y se fue. A otra cosa mariposa.
No podemos seguir así. No podemos poner a una persona como nuestro centro del mundo.
No podemos descuidar otros aspectos de la vida por uno que no vale la pena.
Porque no es uno el que gira en torno a algo.
No.
Son las cosas que giran alrededor de uno.
Somos nuestro centro. Nuestro punto principal. Nuestro lugar.
Ocupamos un lugar dentro nuestro.
Lugar que no debemos descuidar.
Y debemos alimentar el ser que tenemos. Llenarlo de amor, vitalidad, pureza.
Y no prestarles atención a las cosas malas de la vida.
Lo malo sucedió, te marcó, te dolió. Pero fue algo malo, y por eso mismo hay que dejar de pensar en eso...

Hay que intentar seguir adelante, como se pueda, como se deba. 
Hay que pasar a otro plano. Mirar al frente. Nunca parar.
Y seguir, seguir hasta que nos de la piel.