Sentí el viento tocar la piel, rozando cada parte del cuerpo,
deseando con ansias llegar al sol.
Mirar hacia el cielo y no ver más que inmensidad...
La naturaleza nos rodea y va haciéndose en nosotros,
nosotros parte de ella,
nosotros, ínfimos en comparación a ella.
Ella, increíble, magnífica, perfecta.
Irrepetible, incomparable. 
La brisa acaricia las hojas de los árboles,
que suenan a lo lejos componiendo una melodía.
melodía sencilla, melodía que nutre,
y se vuelve mágica alimentando el alma.
El alma que alguna vez ha sido ultrajada,
el corazón que alguna vez ha sido partido,
que se ven sanados ante ese contacto mágico, especial, único.
Único y reconfortante, que llena los pulmones y sana las heridas de adentro.

Respiro el aire y lloro.
Pero llora mi alma en un canto de amor.
Llora emocionada, agradeciendo.
Agradece a la naturaleza la magnificencia.
Agradece la posibilidad de ver, de escuchar, de oler, de gustar, de tocar,
y sobre todo, de poder sentir, percibir, imaginar,
de vivir.