Érase una vez un alma vagabundeando por un callejón. Vagabundeaba porque no tenía nada. Porque, por más que buscara y buscase, no ubicaba su sustento. Pero no había nadie en el callejón. Y buscaba una salida para direccionar, ir a la calle, mendigar, pero no la encontraba. Encerrada en soledad, se deslizaba lentamente, rozando el suelo con su esencia, dejando un rastro opaco, oscuro. Y el espíritu sensible se estremecía con cada ventarrón, que la hacía sentir que volaba. Volaba, pero caía. Volaba, pero volvía Volaba, pero nunca podía escapar. Y se dio cuenta que estaba hambrienta. Hambrienta de amor. Y se dio cuenta que estaba sedienta. Y estaba ciega. Estaba ciega y sorda. Estaba sorda y muda. Y sus gritos desesperados no salieron de su boca. Y su búsqueda inconclusa se quedó. Y sus esperanzas de oír una guía en su perdición se agotaron, mientras que siguió pereciendo, lento y despacio, rogando al cielo, a su cuerpo etéreo, manifestar alguna señal visible cuando algún transeúnte que despreocupado pase por allí, la sienta, y la rescate de su eterna agonía.
fue un
sábado, septiembre 03, 2011