Hay que tomar decisiones.
A veces duelen.
Decisiones que cuestan. Decisiones decisivas.
Tal vez era hora que decidiera. ¿Tendrá que ver con el crecimiento?
¿Será que al fin era hora de actuar como se debe, dejando de lado el capricho, y esa perseverancia inútil?
Un punto de llegada un tanto lejano (inalcanzable, me atrevería a llamarlo).
Pero, nada es imposible!
No, imposible no es... Al contrario, diría que es bastante posible.
Pero para que suceda, se necesita de dos.
De uno y del otro.
De A y de B.
Que ambos pretendan por igual. Que ambos deseen por igual. Que ambos amen por igual.
Y cuando uno aprende más que el otro, sabe ver las cosas de una manera diferente, y se da cuenta que fue en vano, que seguirá siendo en vano, hasta que las cosas no cambien desde ambos extremos.
Y el norte se vuelve sur y las direcciones dan cambios rotundos.
Un giro de 360°... Algo extremista, sí.
Pero la única solución visible, posible, a mano.
Porque ya no queda otra. Ya nos fuimos por la banquina...
Se nos fue de las manos. 
Se me fue de las manos.
Y no quiero ser una más. No.
Quiero quererme, y ser querida.
Necesito subir mi autoestima.
Estimarme más. Porque ni siquiera siento que me quieras.
Sé qué deseas, sé qué quieres...
Y yo no puedo seguir intentando remar contra la corriente.
Prefiero dejarme llevar, arrojarme por la cascada...
Y que allí, abajo, me espere lo que me tenga que esperar.


(mientras que el tiro no salga por la culata...)