Emoción, ilusión...
aparecen tras un rayo de sol y se esfuman en segundos.
Sonrisas y llantos fusionados con desencanto,
y un mar de lágrimas que inunda los ojos cansados.
Están cansados de soportar la tortura, el dolor.
Supieron alegrarse ante un atisbo de felicidad, que desapareció tan rápido, fugaz.
El corazón se siente baleado,
pequeños surcos, pero profundos, lo atraviesan en su totalidad.
Está herido, dolido.
Sangra.
Sangra y hace doler.
Sangra y el alma se ahoga. 
Y el sentimiento permanece intacto, 
pero emociones nuevas aparecen para alimentar la tristeza.
Bronca, rencor, odio,
unidas entre sí contra uno.
Contra la integridad de uno.
Contra la esencia de uno.
Lo hacen desvanecerse.
Lo hacen temblar.
Tiemblan sus piernas y cae.
Tiemblan, y el temblor se propaga.

El piso se desestabiliza y lo hace caer aún con más fuerza.
Y el recuerdo de lo vivido se vuelve un martirio.
Martirio que llega para quedarse, prolongándose en el tiempo,
haciéndolo a uno más frágil, vulnerable, ante el dolor...