Dejó el alma estacionada al final de una melodía,
para poder escucharla sonar otra vez algún día
al compás de su ritmo, latido a latido,
estremecida en un canto infinito.
La luz de la noche ilumina su sombra,
incondicional, siguiéndola a todas partes.
Y se pierde en el final de una calle,
al desaparecer tras un brillo celestial...
Y ella, se sitúa en una estrella,
desde donde mira cómo todo sigue siendo como siempre,
cómo nada ha cambiado sin su amor.
Ella, se abraza y luego tiembla,
y sus mejillas se mojan de dolor sólo por esta soledad,
soledad que mata y desespera.
Ella, sólo espera la salida,
un lugar donde escapar de esa agonía
que la quema profundo por dentro,
que le hiere de a poco el corazón,
asesina sin piedad...