Andaba necesitando un milagro en esos momentos.
Algo que la pudiera hacer zafar de esa realidad.
Visiones de lo que acontecía le dañaban el alma, la hacían sentir que todo estaba perdido.
Pero definitivamente, todo se había perdido.
Las esperanzas se habían marchitado mientras se ponía el sol.
Esperanzas muertas tras la última pizca de posibilidades.
Oportunidades que dejaban de existir, que se iban para no volver,
que desaparecían por completo, entre una lágrima salada, helada, que atravesaba su mejilla.
Lágrima, una de las tantas, derramadas por el desamor.
Le hacía falta.
Su alma se sentía famélica.
Por la falta de él. La falta de un amor.
Amor que venga de regreso, después de todo el que ella había dado.
Amor que la haga sentir diferente, que le haga sentir.
Sentir algo sincero, después de tanto tiempo.
Después de tanto dolor.
Después de tanto frío.
Después de tanto vacío.
Dolido, frío, vacío, su corazón.
Y el sentimiento, vano, que se guardaba en sus adentros, oprimiéndose aún con más fuerza, reprimiéndose, ocultándose, pero esperando el momento exacto, el lugar indicado, para aflorar otra vez, para resurgir, para salir a la superficie... si alguna vez el destino así lo quiere.